Recuerdo de Rosalía

Como he comentado en un post anterior, este blog tuvo un precedente -con el mismo nombre, nada hay que ocultar-. De aquellos restos, he sentido la necesidad de recuperar algunas de las entradas allí incluidas, corregidas y retocadas pero no aumentadas. Al menos algunas de las no apegadas directamente a la actualidad.
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Conocí a una de las mujeres más adineradas de España —no aseguro que se trate de la más económicamente venturosa, porque es un ranking sorprendentemente variable y no tengo su versión actualizada a mano— hace unos doce años, con motivo de unas Jornadas sobre el imaginario y las representaciones sociales del cuerpo que, impulsadas por un brillante catedrático de Sociología de la Universidad del País Vasco —Jesús Arpal—, se celebraron en la Fundación Paideia de A Coruña, que dirigía —y no tengo noticia de que haya dejado de hacerlo— Rosalía Mera. Huelga comentar que se trata de la ex-esposa de Amancio Ortega, fundador de Zara y del formidable emporio Inditex.
Por entonces, yo era un minúsculo aspirante a sociólogo académico que trataba de sobrevivir a duras penas a la escritura de su tesis doctoral, a los ritos de paso académicos de la Universitat de Barcelona —no muy diferentes de los ya conocidos de mi universidad de origen, la del País Vasco— y a una alarmante falta de perspectiva vital. Llevado por su generosidad, o por su inconsciencia, la cuestión es que Jesús me invitó a coordinar con él las Jornadas, tarea que me encantó y que me permitió conocer a profesionales tan interesantes como Josep Toro, autor de un muy recomendable libro sobre la anorexia y la bulimia.
Las Jornadas transcurrieron de manera previsible, en todos los sentidos: desaproveché penosamente mi participación completando un gratuito alarde de erudición sobre el tema, lo que me impidió conectar con los asistentes, que acabaron no sabiendo muy bien de qué estaba hablando entre tanta cita y referencia —en un empacho de intertextualidad, que diría aquél—. A cambio, hubo más fortuna con el resto de ponentes, que supieron conectar lo que querían decir y cómo hacerlo. En general, podría decirse que todo marchaba bien.
Hacia la mitad del primer día la organización cumplió con el trámite de la discreta entrega de los cheques con la cantidad acordada —modesta, se lo aseguro—, hasta completar individualmente el ritual con los coordinadores y todos los ponentes. Se recibía el sobre, las dos partes sobreentendíamos lo que contenía y santas pascuas.
Y así hasta la segunda y última jornada, pasando por la comida, cena y sobremesas respectivas en las que se advertía sin mucha dificultad un cierto regusto a reconocimiento continuo a la anfitriona —en fin, quien firmaba los cheques, para qué negarlo—, amplificado por la acusada tendencia de ésta a la autoescucha —las hagiografías al uso llaman a eso, sin torcer el gesto, tener criterio y estar dotado de un firme carácter—. Apenas intervine. Y no por incapacidad para el peloteo —aunque es cierto que soy fácilmente superable en esa materia—, sino porque catedráticos —excluyo a Jesús porque entre sus virtudes no se incluye esa, realmente— y profesores titulares de universidad me tomaron abiertamente la delantera como aduladores profesionales. Me limité, entonces, a observar. Superado.
En esa segunda Jornada me senté en uno de los lados de la sala, ligeramente apartado. Hacia la mitad de la sesión se me aproximó la misma persona que me entregó el cheque el día anterior y me pidió que saliéramos un momento de la sala. Salimos, y visiblemente azorado —pero con sorprendente firmeza— me comentó: “tienes que devolverme el cheque que te entregamos ayer”. “Claro”, respondí completamente sobrepasado por la situación, atravesado por una sensación de irrealidad y humillación que quise cerrar inmediatamente con aquel estúpido “claro” —dije “claro” y no, lo que parecería manifiestamente más lógico, “¿Por qué?”—.
No es necesario conocer demasiadas organizaciones para saber que sólo puede tomar una decisión de ese tipo la misma persona que toma la contraria, es decir, quien firma los cheques —insisto, un cheque con una cantidad modesta, ya para entonces—.
Todavía hoy me pregunto —en fin, cuando lo recuerdo— qué motivó que diera aquella orden. ¿Algo que hice? ¿Algo que no dije? ¿Tal vez me consideraba un simple meritorio que debía trabajar como tal, gratis? Y, si era así, ¿por qué no lo tuvo en cuenta antes? ¿Por descuido? ¿Pensó en algún momento en la humillación que supondría? ¿Qué valor, qué precio incluso, puede tener una humillación? ¿Inferior al escrito en el cheque?
Lo increíble, no crean, no es que alguien decida que revoca la entrega de un cheque y pida que se lo devuelvan sin mediar error en el concepto o la cantidad. No. Lo increíble, la parábola de lo que les cuento, es que, después de todo, sólo se me ocurriera decir “claro”. Hay que fastidiarse. Claro. Doce años después, sigo sin entenderlo.
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Tags: Fundación Paideia, Inditex, Rosalía Mera, Zara
Las crisis -como las desgracias ajenas- sólo se experimentan con perceptible densidad cuando alcanzan a afectarnos directamente, o cuando conciernen a nuestro entorno emocional. Y poco hay que decir cuando dos amigos te comentan el mismo día que en apenas unas fechas se quedarán sin trabajo. Poco hay que añadir cuando te das cuenta de que el macroporcentaje de parados empieza a reflejarse en tu familia, entre los mismos pares con los que compartes cervezas. Que también son al menos 2 de cada 10 colegas los que no tienen trabajo ni perspectivas sencillas de hallarlo, quién lo iba a decir.
No sé cómo hemos llegado aquí. O peor, sí que lo sé. Y usted, muy probablemente. Una deletérea combinación de descontrol, anomia, avaricia, ignorancia, autocomplacencia y desfachatez. Ni uno sólo de estos factores podría sostenerse sin el resto. Todos ellos actúan reforzándose mutuamente, coadyuvando al desastre. De hecho, esta crisis se distingue de cualquier otra ocurrida a lo largo de la historia en que es especialmente compleja en cuanto a la determinación de sus dimensiones -no tanto de sus causas- y la delimitación de su multicausalidad. Pero también en que revela con infinita crudeza la materia moral de muchos de nuestros congéneres con responsabilidades públicas (en tantas empresas, en no pocas entidades financieras, en la política -incluida la económica-): auténticos dementes, completos irresponsables, torpes ignorantes a los que cualquier elemental prueba de aptitud habría descalificado en una sociedad donde el mérito y la razón tuvieran un mínimo peso.
Pero, especialmente, muestra que la desvergüenza parece haber conformado buena parte del motor axiológico del “milagro” económico de estos últimos años. Una crisis tan compleja y una explicación tan sencilla, maldita sea.
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Tags: Crisis, moral
Vueltas
En efecto, tuve una vida anterior. Y antes de conocernos frecuenté otros rincones similares a este. Tan sólo guardo la esperanza de no repetir palabra por palabra lo que ya dije por allí. Pero no puedo asegurarlo, lo reconozco. Eso tampoco. No sea que en realidad escriba siempre lo mismo, variando apenas algunas formas, incorporando tan sólo mínimas diferencias de tono; alterando algunas figuras. En cierta ocasión, introduje en otro lugar algo así como las líneas que siguen, y que continúan componiendo una de las mejores cartas de presentación que haya leído nunca.
Por eso, qué mejor que apuntar humildemente y transcribir con admiración -con reiterativo placer, y para invitarles a pasar por este blog cuando gusten- un prefacio delicioso de Leonard Cohen a la edición en chino de su “Beautiful losers“:
“Cuando pensé en escribir con cierta frecuencia y utilizar un medio como este blog para ello -decía entonces-, creí que era innecesario presentarme. Ni de manera tópica, ni ingeniosa: de ningún modo. Como en los amores furtivos, según me dicen que ocurre. Para ustedes, al fin y al cabo, este blog es algo tan fútil como una web más, hojeada —tal vez en este medio sería más adecuado decir ojeada— en poco más allá de 1,30m. Y para mí, un desahogo que libere a mi entorno de inacabables peroratas, que vuelco —aunque sólo sea parcialmente— por aquí. Para qué, pensaba, resaltar lo obvio: que no soy escritor, ni lo pretendo, ni nada que se le parezca. Me dedico a otras cosas.
Así que, como me resultaba más sencillo presentarme en negativo —mencionando todas las cosas que no soy—, que indicándoles inequívocamente quién y cómo soy, renuncié.
Además, tuve hace un tiempo la suerte de escuchar a Leonard Cohen —en la película I’m your Man
(véanla si pueden, sin dudarlo)— leer el Prefacio que escribió para la traducción china de su obra Beautiful losers
. Se lo transcribo al completo directamente de la película, para que entiendan aún mejor porqué prologarme a mí mismo me parecía una tarea -una más- por encima de mis posibilidades:
“Querido lector, gracias por venir a este libro.
Es un honor y una sorpresa que los pensamientos frenéticos de mi juventud sean expresados en caracteres chinos. Agradezco sinceramente los esfuerzos del traductor y de los editores para traer este curioso trabajo a su atención. Espero que lo halle útil o entretenido.
Cuando era joven, mis amigos y yo leíamos y admirábamos a los antiguos poetas chinos. Nuestras ideas de amor y amistad, de vino y distancia, de la poesía misma, fueron muy afectadas por esos antiguos cantares. Entonces, puede entender, querido lector, lo privilegiado que me siento de poder pastar siquiera un momento, y con tan magras credenciales, en las inmediaciones de su tradición.
Este es un libro difícil aun en inglés, si se lo toma con demasiada seriedad. ¿Podría sugerirle que se salte las partes que no le gusten, y lea salteado? Quizá haya un pasaje, o tal vez una página, que resuene con su curiosidad. Luego de un tiempo, si está suficientemente aburrido, o desocupado, quizá querrá leerlo de principio a fin.
De cualquier modo, le agradezco el interés en esta rara colección de ritmos de jazz, bromas de arte pop, arte religioso barato y plegaria ahogada, un interés que indica, a mi parecer, una generosidad bastante descuidada, si bien muy conmovedora, por su parte.
Hermosos perdedores se escribió al aire libre, en una mesa puesta entre las rocas, las malezas y las margaritas, detrás de mi casa en Hydra, una isla del mar Egeo
. Viví allí muchos años atrás. Era un verano de calor abrasador. Nunca me cubrí la cabeza.
Lo que tiene en sus manos es más una insolación que un libro. Estimado lector, por favor, perdóneme si le hice perder el tiempo.”
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Tags: Beautiful losers, I'm Your Man, Leonard Cohen, Saludo
